sábado, 30 de septiembre de 2017

¡Háblame en español, coño!


El otro día, durante el descanso de una intensiva jornada de trabajo, entré en un bar español para almorzar. Insisto, un bar español, donde todos los comensales eran «muy españoles y mucho españoles». Los comensales, casi todos ellos trabajadores en su tiempo de descanso, escuchaban atentos el telediario de la Primera en el que, ¡cómo no!, hablaban de Cataluña: ese lugar pintoresco lleno de catalanes, catalanes de los que «hacen cosas», como le gusta a Rajoy. El caso es que uno de los comensales le gritó de repente al televisor: «¡Háblame en español, coño!». La mayoría del resto de los comensales asintió con la cabeza, como dándole la razón; otros, como yo, ya cansados de vivir en continuo conflicto —o vaya una a saber la razón de cada cual— nos limitamos a seguir mirando nuestros teléfonos móviles. El comensal protagonista, a continuación, le pidió al camarero salsichas con patatas. Me quedé pensando en lo que me habría gustado decirle al español ofuscado: «Oiga, tras la desmembración del Imperio Romano en el siglo v, las provincias quedaron aisladas unas de otras. En cada región, el latín evolucionó de una forma diferente hasta ser hablas tan desiguales que se originaron distintas lenguas, las lenguas romances: el gallego-portugués, el asturiano, el leonés, el castellano, el navarro-aragonés y, adivine cuál, ¡el catalán! ¡Sí, el catalán surgió muuuucho antes que el español! Lo que pasó fue que el castellano, que evolucionó años más tarde hacia el español que usted intenta hablar, se extendió, por cuestiones políticas —¡por qué si no!—, por más territorios que el resto de las lenguas romances. Algunas de estas lenguas romances fueron absorbidas por el castellano, pero otras no, como el catalán. Por último, ya que se muestra usted tan constitucional, deberá saber que en España hay cuatro lenguas oficiales: el español o castellano, el gallego, el vasco y el catalán, mal que le pese». Pero al final me acordé del «Es propio de aquellos con mentes estrechas embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza» de Machado. Para ser justa, es probable que una persona que trabaja de sol a sol no tenga tiempo para leer a Machado ni, probablemente tampoco, para pararse a pensar de dónde viene su lengua. Por eso, en lugar de comenzar una discusión que ya sabía perdida, antes de marcharme corriendo, le dejé una nota encima de su mesa que decía: «El catalán no le estaba hablando a usted, y lo que usted está comiendo, en español, se dice salchicha, las dos con ch. ¡Que tenga un buen día!».


EmeCé Bernal, ¡Háblame en español, coño!