martes, 27 de septiembre de 2016

El diario de la convivencia en clase, ¿por qué solo para maestras?


Hace unos días llegó a mis manos El diario de la convivencia en clase, un libro práctico cuyo contenido no voy a valorar, ya que no es la finalidad de esta entrada; sin embargo, el enfoque, que me disgustó bastante, me ha llevado a querer escribir estas líneas.

Me disponía a leer el libro, supuestamente dedicado a todos los docentes (hombres y mujeres), cuando leo en la primera página «Guía de la maestra», título con el que bautiza el autor las palabras en las que explica a las maestras cómo usar el libro con sus alumnos. Cuando acabé de leerla busqué una «Guía del maestro» y, al no encontrarla, me saltaron las alarmas por razones obvias. ¿Cómo podía un libro destinado a todos los docentes dirigirse solo a las maestras? Este libro contenía, además, una «Guía para los estudiantes», ahora sí, con el género no marcado (que es el masculino) se refería a chicos y chicas, ¿o tal vez se refería solo a los chicos? Evidentemente no. Así que decidí escribir a la editorial para saber por qué el autor se olvidaba de los grandes maestros (del sexo masculino) que enseñan cada día a los pequeños de este país. Asimismo, les trasmití mi deseo de que subsanaran aquel despropósito, «ya que considero —les dije— que contribuye a alimentar el machismo que aún sigue imperando en nuestra sociedad y que tanto daño hace».

La editorial echó balones fuera y responsabilizó completamente al autor: «El hecho de que aparezca maestra en femenino es una petición expresa que nos hizo el autor, que fue muy insistente con este asunto».

Y claro, no quedándome convencida con la respuesta, ya que no respondía a mi inquietud ni me mostraba el más mínimo amago de cambiar aquella situación, le escribí al autor un correo, aunque esta vez sabiendo que el despropósito de escribir «Guía de la maestra» había sido cometido a propósito.

El autor me respondió muy amablemente y me dio tres razones fundamentales que lo habían llevado a escribir «Guía de la maestra».

La primera fue que el texto original estaba repleto de expresiones tales como «compañero/a», «maestro/a» o «niño/a», pero la editorial le había solicitado que eliminara la barra y que usara solo un género. Hasta aquí estamos de acuerdo, ninguna editorial que se precie haría tal barbaridad —os recomiendo visitar la entrada «Sobre catedráticos y catedráticas» de Pérez Reverte: http://laspalabrasnosedestruyen.blogspot.com.es/2016/09/sobre-catedraticos-y-catedraticas.html—.

La segunda razón fue que, dado que de las personas que iban a adquirirlo el 80 % serían mujeres, ¿por qué iba a dirigirse a ellas en masculino?, «a sabiendas de que la rae recomienda —“recomienda”, eso dijo— utilizar el masculino para referirse a hombres y mujeres». Pues no, no lo recomienda, sino que lo obliga, y usar el femenino en tales casos es incorrecto. Así lo expone la rae: «El uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino. Por ello, es incorrecto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos, con independencia del número de individuos de cada sexo que formen parte del conjunto. Así, los alumnos es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones».

Y la última razón fue que quería darle visibilidad a la mujer: consciente «de que habrá maestros que se puedan sentir mal o incómodos con esa frase, aceptaré con agrado las críticas, ya que no creo que le esté faltando el respeto a nadie», concluyó.

Lo de los porcentajes y la visibilidad de la mujer no me convenció. Primero, porque no estoy muy segura de que haya hecho un estudio de mercado; segundo, porque, aunque el porcentaje de mujeres que lo comprara fuese superior, no tiene sentido darle una patada a la Academia, concretamente en esta regla —hombres, lleváis cinco mil años siendo el género no marcado, ahora nos toca a las mujeres, y así cada cinco mil años, ¿os imagináis el caos lingüístico?—; y tercero, porque no creo que haya que dar visibilidad a la mujer ocultando al hombre: si queremos igualdad es igualdad, y no quítate tú que me pongo yo. Visibilidad, sí, pero con cordura y sensatez. Entenderéis bastante mejor este último párrafo si os copio el último correo que le envié y con el que cerraba nuestra conversación, que no llevó a nada, porque no creo que vaya a cambiar el género, pero al menos me desahogué.


Estimado Juan Lucas:

Es muy loable que quiera usted dar visibilidad a la mujer, y como mujer se lo agradezco; no obstante, considero que lo que se debe cambiar no es el lenguaje para cambiar la sociedad, sino al revés: una vez cambie la sociedad lo del lenguaje será coser y cantar. Por ello, voy a hacerle ciertas réplicas a su email.

En primer lugar, supongo que sabe que el género no marcado es el género masculino (que no es lo mismo que el sexo masculino), por lo que ninguna mujer debe sentirse ofendida cuando dicho género nos incluye, al contrario, debemos sentirnos especiales porque hay un género exclusivo nuestro, exclusividad de la que no disponen los hombres. Sabrá también que el género masculino no es el único rasgo gramatical no marcado que existe; así, pues, el singular es el número no marcado frente al plural: si yo digo El ser humano es un ser racional, todos entendemos que nos referimos a todos los seres humanos, y no a uno en concreto. Asimismo, el presente es el tiempo verbal no marcado frente al futuro y al pasado: Mañana no voy a clase está escrito en presente, y cualquier persona que me lea sabrá que me refiero al futuro; y en El Imperio Romano cae en el año 476, todos sabemos que me refiero al pasado. Lo que quiero decirle con esto es que es mejor que se ofenda alguien porque no entiende que hacemos las cosas de acuerdo a las normas convencionalmente establecidas —no olvidemos que la lengua es una convención y que la rae se limita a recoger el uso que la mayoría hace de esta—, ya que así podemos justificar nuestra respuesta acogiéndonos a nuestros conocimientos lingüísticos y no a nuestras ideologías —que, al fin y al cabo, son personales y privadas—. Ha escrito un libro para un público en el que quizás muchas personas, como es mi caso, no piensen como usted. Por ello, creo que debe ajustarse a la convención social y no a la mayoría que usted cree que le va a leer, porque no deja de ser una creencia… Me dice en su correo que el 80 % de las personas que van a leer su libro son mujeres… Y yo me pregunto cómo sabe usted eso…

En segundo lugar, supongamos que acepto la buena intención de sus razones y obvio mi contrariedad lingüística. Me ha dado usted dos razones: la primera, que la mayoría de personas que van a leer su libro son mujeres; y la segunda, que pretendía darle visibilidad a la mujer. Por supuesto, obviando el tema lingüístico, una defensora de la igualdad como yo siente un profundo agradecimiento hacia una persona que le dice que quiere dar visibilidad a la mujer… Pero algo no acaba de cuadrarme: si quiere darle visibilidad a la mujer con un «Guía de la maestra», ¿por qué no también «Guía de las estudiantes»?, ¿acaso las estudiantes no son mujeres también, a las que hay que darles visibilidad?, ¿o es que ha hecho un estudio estadístico y, al igual que sabe que la mayoría de docentes que van a leerle son mujeres, también sabe que la mayoría de discentes que van a leerle son hombres? Sus estadísticas no acaban de convencerme… Yo estudié Magisterio y puedo asegurarle que el 80 % no éramos mujeres.

Para terminar, ¿de verdad cree que se le da visibilidad a las mujeres quitándole visibilidad a los hombres? ¿Y dónde queda la igualdad? Esto no es un quítate tú que ahora me toca a mí: una sociedad justa necesita equilibrio, no una venganza hacia el sexo (ni hacia el género, en este caso) masculino. Las mujeres —te asegura una mujer sensata— no aceptamos que se dirijan a nosotras en masculino, aceptamos que se dirijan a nosotras en género no marcado cuando también hay hombres, al igual que los hombres también aceptan que nos dirijamos a ustedes con un, por ejemplo, la víctima (sustantivo epiceno) cuando padecen algún daño. De verdad, insisto, no es la lengua lo que hace machista a la sociedad…

En cualquier caso, le agradezco su respuesta y le deseo suerte con las ventas.

Un saludo,

EmeCé Bernal.