jueves, 28 de abril de 2016

Búsqueda incansable de culpables (EmeCé Bernal)

Ella y yo fuimos descubriéndonos mutuamente.

Lo típico:
al principio una sonrisa,
la piel sonrojada,
un pellizco en el estómago
y un corte de manga a los años precederos.

Ella y yo fuimos adentrándonos en nuestras miserias.
Ella, en mi adolescencia osada,
y yo, en su infancia turbulenta.

Las mujeres que me gustan nacen de niñas atormentadas
porque si con los años ganan sus batallas internas
se convierten en una fábula que narrar a los amigos.

Esa mujer se convirtió en las letras de toda mi literatura,
se convirtió en el despropósito de mi vanagloria,
y a veces me hacía dudar de mi buena suerte.

Esa mujer excelsa donde las haya…

Mi futuro lucía radiante y presuntuoso
desde que la conocí,
pero, al menor movimiento,
el bello presagio se volvía mal agüero.

El pronóstico de la despedida
nos pisaba a menudo los talones,
pero siempre acabábamos zurciendo los desgarrones
con el vanidoso y ansiado destino.

Ese destino,
aún por estrenar
y ya malherido.

No pretendo hurgar en nuestro dolor,
prometo que cuando empecé a escribir este poema
no estaba siendo triste,
ni siquiera nostálgico,
pero en mitad de los versos ella se fue.

Y, lo típico:
al final unas lágrimas,
una búsqueda incansable de culpables,
(auto)reproches a tutiplén,
un pellizco en el estómago
y un adiós al imperioso porvenir.



EmeCé Bernal, Con vistas a tu interior y al mío