domingo, 17 de enero de 2016

He aprendido a no querer tanto y querer mejor (EmeCé Bernal)


Estoy obsesionado con ella,
lo admito,
pero en el buen sentido,
claro,
si es que la palabra «obsesión»
pudiera albergar algo positivo.

La adoro.

Adoro su aire despreocupado cuando camina,
pese a que tiene tantas preocupaciones a medio resolver
que a menudo le cuesta conciliar el sueño.

Adoro su manera de mostrarme el mundo,
adoro el vértigo que me produce su cuerpo
y lo imprescindible que me siento
cuando miro el cielo de su boca desde su entrepierna.

Ella es una mujer diferente,
de vuelos libres diría yo,
pero mi normalidad está en sus alas
y en su forma de decirme
que todo lo que no perjudique es sano,
hasta la tristeza.

Desde que la conozco he aprendido
que es estúpida esa idea de felicidad que impera,
que estamos colmados de sandeces,
que la felicidad no es un derecho
y que ser feliz en altas dosis también perjudica.

He aprendido que llorar no es de cobardes
y que lo peor que puede hacerte una persona
no es abandonarte,
sino dejar que te abandones.

He aprendido a ser feliz sin reírme,
a lamentarme menos y a actuar más,
a no querer tanto y querer mejor.

He aprendido a escuchar música en inglés
porque ya no necesito entenderlo todo.

Desde que la conozco
por fin
puedo creer en lo que sueño,
no sé qué hizo,
pero ya no tengo el corazón deshilachado
ni necesito escribirle al futuro.

Estoy obsesionado con ella,
lo admito,
y no es solo porque nuestro amor
–a medio resolver–
le impida conciliar el sueño,
es porque cuando miro el cielo de su boca
no hay nada que pueda perjudicarnos,
ni siquiera la tristeza.




EmeCé Bernal, Con vistas a tu interior y al mío