domingo, 6 de enero de 2019

Textos literarios de EmeCé Bernal


Los padres mienten


«Mi hermano mayor me despertó a medianoche para revelarme el siguiente secreto:

—Dentro de poco te dirán que los Reyes Magos son los padres. Se lo dicen a todo el mundo al cumplir tu edad. No te lo creas. Los Reyes existen, pero como los mayores no saben el modo de explicar su existencia, dicen eso, que son los padres.

Mi hermano dormía en la cama de al lado. Nuestra relación no era ni buena ni mala, así que a veces nos llevábamos bien y a veces mal. Pero éramos cómplices de muchas cosas. Fumamos el primer cigarrillo juntos; hurtamos juntos también las primeras monedas del bolsillo de la chaqueta de mi padre; él me hacía los deberes de matemáticas y yo los de lengua… Dependíamos el uno del otro, en fin, en demasiadas cosas. Como decía aquél, dos que han robado caballos juntos están condenados a protegerse. La protección pasaba por hacernos este tipo de confidencias sobre las verdades básicas de la vida. Si los Reyes existían y él lo había averiguado, era mejor que yo lo supiera, por duro que resultara para mí.

Lo cierto es que yo ya había oído en el colegio rumores acerca de que Melchor, Gaspar y Baltasar eran los padres. Pero no les había prestado atención. Lo que no podía imaginarme era que los rumores procedieran de los adultos. Si ya les tenía poco respeto, lo perdieron del todo tras la revelación de mi hermano mayor.

En efecto, ese mismo año, cuando nos dieron las vacaciones de Navidad, mi madre me llamó un día y empezó a preguntarme qué pensaba yo de los Reyes Magos.

Le dije que les tenía en gran consideración (no de este modo, claro, no era un niño cursi), aunque no siempre me trajeran lo que les pedía, pues me hacía cargo de que había en el mundo muchos niños y que no podían complacer a todos. Mamá se quedó desconcertada, ya que lo normal, cuando a un chico se le quita la venda de los ojos en este asunto, es que el chico esté ya al cabo de la calle. Creo que estuvo a punto de desistir, pero finalmente tomó aire y me dijo que los Reyes Magos eran los padres.

—Se trata —añadió— de una mentira que mantenemos durante la infancia, porque la infancia es una época de ilusiones fantásticas, pero tú ya no tienes edad para creer en los Reyes. A tu hermano se lo dijimos también cuando cumplió tus años.

Mi hermano me había aconsejado que cuando me contaran la mentira de que los Reyes eran los padres, fingiera que me lo creía, pues de lo contrario les parecería un chico raro y me llevarían al psicólogo.

—Yo —añadió— también lo fingí. Como comprenderás, si ellos se quedan más tranquilos así, tampoco cuesta tanto darles gusto.

Hice, pues, como que me lo creía y me fui a mi cuarto a escribir la carta a los Reyes, una carta, por primera vez, clandestina. Ese año, habida cuenta de que ya era un chico mayor y que me hacía cargo de la situación mundial, que era un desastre, les pedí cosas más razonables que en otras ocasiones. Mi hermano puso mi carta en el mismo sobre que la suya y se encargó de echarlas al correo. Curiosamente, ése fue el primer año que me trajeron todo lo que les pedí.

Al regresar de las vacaciones de Navidad al colegio, comprobé que a todos los de mi clase les habían dicho que los Reyes eran los padres, y todos se lo habían creído.

Estuve a punto de sacarles de su error, pero mi hermano también me había dicho que ni se me ocurriera, porque me tomarían por loco. La conspiración para eliminar esa creencia de la cabeza de los chicos era prácticamente universal y resultaba ingenuo tratar de enfrentarse a ella, pese a las numerosas pruebas existentes, repartidas entre la Biblia, la Historia Sagrada y los propios hechos, pues lo cierto es que aun después de dejar de creer en los Reyes la gente continuaba recibiendo regalos.

Tuve la suerte, en fin, de mantener esa ilusión durante mucho más tiempo que mis compañeros. Si he de ser sincero, no recuerdo exactamente la edad en la que dejé de creer en los Reyes Magos, quizá cuando falleció mi hermano y en su funeral recordé esta historia fantástica que no sé cómo se le pudo ocurrir. Aunque también es cierto que una vez instalado en el mundo de los adultos comprobé que mentían tanto y de manera tan gratuita, que no sería raro que mi hermano llevara razón y que también hubieran mentido en esto. Este año, como todos desde aquella época, les escribí una carta clandestina (en mi casa ya no creen en los Reyes ni mis hijos) y me han traído de nuevo todo lo que les pedí».

Juan José Millás, Los objetos nos llaman, «Los padres mienten»

domingo, 9 de diciembre de 2018

El roto y la descosida



Sinopsis:


El roto y la descosida está compuesta por treinta microrrelatos que, leídos por separado, se entienden como pequeñas historias y a la vez, leídos en conjunto y de manera ordenada, constituyen un único relato.
Esta amalgama de microrrelatos constituye una reflexión sobre el amor y el desamor. Se trata de un texto introspectivo en el que el protagonista conversa consigo mismo en un monólogo en el que rememora, de forma interiorista, los momentos de una relación. Una relación que está cargada de amor –por supuesto– y de miedos, frustraciones y reproches –¿¡cómo no!?–. Una relación que es tan utópica como complicada. En definitiva, una relación que constituye un vaivén de emociones encontradas: daños y alivios, idas y regresos, malentendidos y reconciliaciones. Y, por supuesto, El roto y la descosida es una transmisión estética de los sentimientos que hacen vibrar desde dentro todo el cuerpo.


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domingo, 14 de enero de 2018

Eres magia



Tú no lo sabes, pero haces magia. Tienes magia dentro. La magia viene de serie con todos los niños cuando nacen, y los adultos se empeñan en romperles la varita con la que transmiten ilusión y amor al mundo. Que alguien me diga, si es capaz, que no es magia poder ver una guitarra en una escoba, que no es magia que cueste tan poquito decir te quiero —incluso a los muñecos—, ¡y sintiéndolo de verdad! Tú no lo sabes, pero eres magia y conviertes en mágico todo lo que tocas. No entiendo por qué los adultos se empecinan en que los niños os adaptéis a nuestras absurdas normas, ¡qué sabremos nosotros de la vida! Nosotros, que siempre tenemos prisa; nosotros, que nunca tenemos tiempo; nosotros, que tenemos tantos prejuicios, tantas manías… Tú no lo sabes, pero tus manitas son mágicas, y cuando te agarras a las mías para protegerte de los monstruos, soy yo la que deja de tener miedo, porque tus poderes disipan todo el mal. Tú no lo sabes, pero tu magia me ha enseñado a ver escaleras donde antes veía murallas, a ver pasadizos secretos donde antes veía oscuridad. Tú no lo sabes…, pero eres magia y la vida es mágica desde que tú estás en ella.

EmeCé Bernal, «Eres magia»

sábado, 21 de octubre de 2017

Los secretos de las casas viejas



«Me gustan las casas viejas porque están llenas de secretos que solamente conocen sus habitantes.
Me gustan las puertas que deben levantarse unos milímetros para que la cerradura funcione y me gustan los movimientos precisos que hay que hacer para abrirlas sin ruido.
Me gusta saber cuál es la baldosa floja del patio, la que no hay que pisar cuando llueve, porque salpica y embarra las zapatillas.
Me gustan las perillas de las cocinas que deben girarse hasta cierto punto, para evitar que se les salga el resorte.
Me gustan las ventanas que pueden abrirse solo hasta la mitad, para que no se zafen las bisagras, y me gustan los botones de inodoro que deben apretarse suavecito para que la mochila no quede perdiendo agua.
A veces, el televisor de mi casa se queda en blanco y negro un rato largo, pero para eso también hay un secreto. Roberto nos enseñó a pegarle bien, a darle un par de golpes cerca de la antena, para que le vuelvan los colores.
Hace unos días, Roberto abrió el cajón de mi mesita de luz (hay que agarrarlo de abajo, levantar con fuerza y tirar, porque se traba) y encontró la carta que me escribió Nahuel antes de irse a Bariloche.
Como no te puedo llevar en el bolso, te llevo en el corazón, había escrito. Nahuel era el chico más lindo de la escuela. De todas las escuelas.
Me acuerdo que aquella vez llegué a casa tarde, que Roberto me estaba esperando y que cuando me vio entrar, no dijo una sola palabra.
Primero, fue el puño cerrado. Un puño pesado, hundiéndose en mi estómago como se hunden los pedazos de tierra seca que se desprenden del barranco y caen al río.
Quise preguntar qué pasaba, pero no pude. No me dio tiempo.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue la carta de Nahuel, obvio, escondida en el cajón. Creo que Roberto habrá pensado que yo era un poco como ese cajón, que le escondía cosas que sólo podía sacarme haciendo fuerza.
Mamá no dijo nada. Qué iba a decir, si Roberto ya la había roto hacía años. Ni siquiera abrió la boca cuando vio que después del puño, vino la manguera, que se me dibujó en el lomo como una víbora de sangre, testigo de carne hirviendo del linchamiento doméstico de un monstruo acusado de enamorarse.
Quise pedirle que pare, pero él no escuchaba. Quise pedirle perdón, pero él seguía pegando y yo no podía decir ninguna palabra porque de entre mis dientes solo salían alaridos, como ratas enormes y grises que corrían desesperadas sobre el piso del comedor.
Mi hermano más grande también estaba ahí. Lo vi, distorsionado por la humedad que se comía mis párpados, y esos brazos anchos y borrosos resucitaron la imagen velada de esas siestas de invierno en que me alzaba para alcanzar el frasco de dulce de leche que después compartíamos con una sola cuchara, mientras Roberto y mamá dormían. Me das asco, decía mi hermano, una y otra vez. ¡Me das asco!, vociferaba, y después él también se animó a pegarme.
Hoy le escribí un mensaje a Nahuel para decirle que seguía enfermo y que no sabía cuándo iba a volver a la escuela. Le dije que lo extraño una bocha y que tenía muchas ganas de escuchar sus anécdotas de Bariloche.
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Todavía tengo marcas en los brazos y me da vergüenza volver a clases. No quiero que Nahuel me vea. No quiero que Nahuel piense que estoy roto y que por eso Roberto me había golpeado tanto.
El padre le pegó mal, le escuché decir a mamá por teléfono ayer a la mañana, cuando llamó la señorita Mónica para preguntar por qué estaba faltando tanto.
El padre le pegó mal, dijo ella, y yo giré en la cama y traté de imaginarme cómo se hace para pegar bien y pensé en el televisor de la sala. Mamá tenía razón: Roberto me habrá pegado mal, muy mal, porque no me volvieron más los colores».

Juan Solá , Épicaurbana, «Los secretos de las casas viejas»